Teoría Polivagal

TEORÍA POLIVAGAL

Las tendencias de acción no resueltas relacionadas con la supervivencia incluyen ya no sólo las características crónicas posturales y motrices asociadas a la defensa, sino también la rápida movilización del sistema nervioso autónomo en respuesta a los estímulos relacionados con el trauma.

De forma característica, las personas que padecen trastornos de origen traumático son vulnerables a la hiperactivación y/o hipoactivación fisiológica, y con frecuencia oscilan entre estos dos extremos (Post et al., 1997; Van der Hart, Nijenhuis y Steele, 2006; Van del Kolket al., 1996). Desencadenadas por los recuerdos traumáticos, ambas tendencias del sistema nervioso autónomo dejan a los pacientes a merced de la disregulación de la activación fisiológica.

Cuando están hiperactivados, los pacientes se sienten demasiado activados [acelerados, excitados] como para procesar la información eficazmente, además de verse atormentados por imágenes, afectos y sensaciones corporales intrusivas. Pero cuando están hipoactivados, los pacientes sufren otro tipo de tormento procedente esta vez de un desvanecimiento de las emociones y las sensaciones –un entumecimiento, una sensación de muerte o de vacío, de pasividad, y posiblemente de parálisis (Bremner y Brett, 1997; Spiegel, 1997; Van der Hart et al., 2004) y/o puede que se sientan excesivamente distanciados de la experiencia como para ser capaces de procesar la información eficazmente. En ambos casos, la regulación descendente se ve debilitada y la adscripción de sentido queda sesgada por lo que se percibe como señales de peligro.

Si bien estos extremos de la activación pueden ser adaptativos en determinadas situaciones traumáticas, se vuelven desadaptativos cuando persisten en contextos que no revisten ninguna amenaza.

Para poder devolver el pasado al pasado, los pacientes deben procesar las experiencias traumáticas dentro de los márgenes de una “zona óptima de activación fisiológica”. Situada entre los dos extremos de la hiperactivación y la hipoactivación, esta zona se conoce como el “margen de tolerancia” (Siegel, 1999). Dentro de este margen, “se pueden procesar distintas intensidades de activación emocional y fisiológica sin alterar el funcionamiento del sistema” (Siegel, 1999, p. 253).

Cuando los pacientes operan dentro del margen de tolerancia, es posible integrar la información recibida procedente del entorno interno y externo. Los pacientes pueden pensar y hablar de sus experiencias en la terapia y simultáneamente sentir una tonalidad emocional y un sentido de la propia identidad congruentes.

Dentro de la zona de activación óptima, se mantiene el funcionamiento cortical –lo que supone un prerrequisito para integrar la información en los niveles cognitivo, emocional y sensoriomotriz.

La jerarquía polivagal, Porges (1995, 2001a, 2001b, 2004, 2005) analiza la compleja interrelación existente entre el sistema nervioso simpático y parasimpático en su “teoría polivagal”, que sugiere una visión más sofisticada e integradora del sistema nervioso autónomo que las anteriores teorías de la activación fisiológica que atribuían todos los casos de activación a la implicación del sistema nervioso simpático. La teoría polivagal describe tres subsistemas organizados jerárquicamente dentro del sistema nervioso autónomo, que rigen nuestras respuestas neurobiológicas a la estimulación ambiental: la rama parasimpática ventral del nervio vago (conexión [implicación, participación] social), el sistema simpático (movilización) y la rama parasimpática dorsal del nervio vago (inmovilicazión).

Teoria-Polivagal

Cada uno de estos subsistemas se corresponde con una de las tres zonas de activación fisiológica del modelo de modulación: el sistema de conexión social (vagal ventral) se correlaciona con la zona de activación óptima, el sistema simpático con la zona de hiperactivación, y el sistema vagal dorsal con la zona de hipoactivación. El más reciente y sofisticado evolutivamente de los subsistemas es el complejo vagal ventral, que incluye la rama ventral del nervio vago –el vago mielinizado- que se origina en el núcleo ambiguo del tallo cerebral, uno de los varios grupos minúsculos de neuronas especializadas que componen el sistema activador reticular. Este sistema determina el nivel de conciencia o de alerta de la persona. El complejo vagal ventral se activa habitualmente cuando la activación fisiológica se encuentra en la zona óptima del modelo de modulación.

fig6.56

Porges (2003b) denomina a este sistema el “sistema de conexión social” porque les brinda a los seres humanos un mayor grado de flexibilidad en la comunicación y regula áreas del cuerpo que intervienen en la interrelación social y ambiental. El sistema de conexión social posibilita el interés y el desinterés rápido en relación con el entorno y en el ámbito de las relaciones sociales, en base a regular la tasa cardíaca sin necesidad de movilizar al sistema nervioso simpático. POR EJEMPLO, en una conversación podemos hablar con rapidez y animadamente en un determinado momento y quedarnos completamente en silencio mientras escuchamos en el momento siguiente, reajustando en consonancia nuestros músculos faciales, vocales y del oído medio. El sofisticado mecanismo de “frenado” del sistema de conexión social puede disminuir o aumentar rápidamente la frecuencia cardíaca, permitiéndonos ralentizarnos y a continuación volvernos a movilizar al tiempo que inhibimos las reacciones defensivas primitivas (Porges, 2005). Así pues, este sistema favorece los estado generales más tranquilos y flexiblemente adaptativos (Porges, 2004, 2005) y en razón de ello contribuye a que la activación fisiológica se mantenga dentro del margen de tolerancia.

En contextos no amenazantes el sistema de conexión social regula al sistema nervioso simpático, facilita la implicación con el entorno y nos ayuda a formar vínculos afectivos positivos y lazos sociales. Incluso bajo condiciones de amenaza, la persona bien adaptada puede utilizar el sistema de conexión social, por ejemplo, para tratar de razonar con un posible atacante. Si este enfoque fuera ineficaz, el sistema de conexión social automáticamente dejaría paso a las respuestas movilizadoras de ataque/fuga correspondientes al sistema nervioso simpático.

La activación del sistema nervioso simpático aumenta la activación general y moviliza los mecanismos de supervivencia en respuesta a la amenaza. Estas “reacciones de emergencia” movilizan energía en previsión de la vigorosa actividad que se necesitará para afrontar la amenaza e incluyen procesos tanto de movilización de la energía como de consumo de energía. Al permitirnos llevar a cabo vigorosas respuestas de ataque/fuga, la hiperactivación fisiológica maximiza nuestras posibilidades de supervivencia (Levine, 1997; Rothschild, 2000). Cuando vigorosas respuestas físicas tales como, por ejemplo, correr o luchar, tienen éxito, ya no solamente se reduce el nivel de
amenaza sino que el torrente de sustancias neuroquímicas relacionadas con el peligro se metaboliza a través de estas acciones que consumen energía. Uno y otro de estos factores contribuyen a que la activación fisiológica vuelva al margen de tolerancia.

Si ni la conexión social (mediatizada por una de las ramas del sistema parasimpático, el complejo vagal ventral) ni las respuestas de ataque y fuga (mediatizadas por el sistema nervioso simpático) consiguen garantizar la seguridad, la otra rama del sistema nervioso parasimpático, el complejo vagal dorsal, pasa a ser la siguiente línea de defensa. La rama dorsal del nervio vago, el vago no mielinizado, es el más primitivo de estos sistemas. Su intervención se desencadena a causa de la hipoxia (la falta de oxígeno en los tejidos corporales) y permite disminuir la activación fisiológica en dirección a la zona de hipoactivación. La rama vagal dorsal posibilita la inmovilización relacionada con la supervivencia como, por ejemplo, la muerte fingida, el apagado conductual y el síncope. Por contraste con los procesos que consumen energía mediatizados por el sistema nervioso simpático, el aumento del tono vagal dorsal está asociado a la conservación de la energía: muchas de las funciones del cuerpo comienzan a enlentecerse, lo que conduce a “una disminución relativa de la tasa cardíaca y de la respiración, acompañada de una sensación de „entumecimiento‟, de „apagado mental‟ y de distanciamiento respecto del sentido de la propia identidad” (Siegel, 1999, p. 254). La activación vagal dorsal extrema puede derivar en desvanecimiento, vómitos o pérdida del control del esfínter rectal, todo lo cual parece ocurrir cuando la acción no es factible (Frijda, 1986). Si bien esta inmovilización puede garantizar la supervivencia, también puede generar bradicardia, apnea y arritmias cardíacas, y de hecho puede ser mortal en el caso de los mamíferos si se mantiene durante un período prolongado.

Durante los incidentes traumáticos, la jerarquía neural polivagal brinda una serie de ventajas en relación con la supervivencia: está “determinada” [hard-wired] fisiológica o neurológicamente, es instintiva y lleva incorporadas posibles alternativas. Adicionalmente, dado que el sistema de conexión social rige, y puede inhibir, tanto las respuestas simpáticas como el complejo vagal dorsal, este sofisticado mecanismo de “frenado” facilita igualmente la regulación de la activación fisiológica general en el día a día fuera del ámbito traumático. Pero cuando se vive la experiencia de un fracaso crónico del sistema de conexión social de cara a gestionar la seguridad y la protección, como suele ser el caso de los traumas infantiles crónicos, el sistema habitualmente “se apaga”. Sin la restricción que suponen los “frenos” del sistema de conexión social, el sistema nervioso simpático o el sistema vagal dorsal permanecen altamente activados, provocando que la activación fisiológica exceda el margen de tolerancia. Un punto focal principal debe ser intensificar el funcionamiento del sistema de conexión social y “disminuir los efectos desorganizadores de cualquier episodio determinado de activación emocional y fisiológica” (Siegel, 1999, p. 260).

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