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Lo importante no es lo que hagan con nosotros, sino lo que hagamos nosotros con lo que hicieron con nosotros. (Sartre)

En el ciclo vital, el ser humano está rodeado por diferentes factores que actúan sobre
su vida y sus acciones.
· Factores de riesgo: son cualquier característica o cualidad de una persona o
comunidad que se sabe va unida a una elevada probabilidad de dañar la salud
física, mental, socio emocional o espiritual.
· Factores protectores: son las condiciones o los entornos capaces de favorecer
el desarrollo de personas o grupos y, en muchos casos, de reducir los efectos de
las circunstancias desfavorables.
· Factores protectores externos: se refieren a condiciones del medio que actúan
reduciendo la probabilidad de daños: familia extensa, apoyo de un adulto
significativo o integración laboral y social.
· Factores protectores internos: están referidos a atributos de la propia persona:
autoconcepto, seguridad y confianza en sí misma, facilidad para comunicarse,
empatía.
Personas resilientes son las que a pesar de estar insertas en una situación de
adversidad, o verse expuestos a un conglomerado de factores de riesgo, tienen la
capacidad de utilizar aquellos factores protectores para sobreponerse a la adversidad, crecer y desarrollarse adecuadamente, llegando a madurar como personas competentes, pese a los pronósticos desfavorables.
Ambos factores actúan juntos, siendo el secreto de las personas resilientes el poder potenciar los factores protectores, por sobre la acción de los factores de riesgo.
Características de un sujeto resiliente:
1. Autoconcepto, empatía, facilidad de comunicación, moralidad, pensamiento
crítico, seguridad, simpatía y sociabilidad (Melillo, 2004).
2. Confianza (Melillo, 2004; Grotberg 2006).
3. Autoconocimiento (Melillo, 2004; González y Valdez, 2006).
4. Proyecto de vida (Cyrulnik et al. 2004; Melillo, 2004; Vanistendael y Lecomte,
2002).
5. Autoestima (Bernard van Leer Foundation, 2002; Melillo, 2004)
6. Sentido del humor (Bernard van Leer Foundation, 2002; Melillo 2004; Werner y
Smith, 1992).
7. Aceptación (Brooks y Goldstein, 2004).
8. Aplicación, capacidad para generar, iniciativa, integridad e intimidad (Grotberg,
2006).
9. Identidad (Grotberg, 2006; Melillo, 2004).
10. Autonomía (Grotberg, 2006; González y Valdez, 2006; Bernard van Leer
Foundation, 2002).
11. Autosuficiencia e independencia (González y Valdez, 2006).
12. Capacidad de planear, optimismo, compasión, solución de problemas, trabajo
duro, afecto, capacidad de llevarse bien con los demás (Werner y Smith, 1992).
13. Creatividad (Werner y Smith, 1992; Bernard van Leer Foundation, 2002).
Acontecimientos presentes en la historia de estos sujetos: 
1. Demostraciones físicas y verbales de afecto y cariño en los primeros años de vida.
2. Actitud de cuidado y amor por todos los semejantes, y especialmente de los
encargados del cuidado y protección del niño.
3. Reconocimiento y atención a los logros y habilidades del niño.
4. Disponer de oportunidades para desarrollar destrezas.
5. Desarrollo de un marco de referencia ético-moral.
Edith Grotberg (1997) detecta cuatro fuentes interactivas de la resiliencia, las
mismas se manifiestan en expresiones verbales de los sujetos:
“yo tengo” en mi entorno social,
Tengo: personas alrededor en quienes confío y que me quieren incondicionalmente.
Personas que me ponen límites para que aprenda a evitar peligros.
Personas que me muestran con su conducta como proceder.
“yo soy” y “yo estoy”, hablan de las fortalezas intrapsíquicas y condiciones personales,
Soy: alguien por quienes los otros sienten aprecio y cariño.
Respetuoso de mi mismo y del prójimo.
Estoy: dispuesto a responsabilizarme de mis actos.
Seguro de dar lo mejor de mí para que las cosas salgan bien.
“yo puedo”, concierne a las habilidades en las relaciones con otros.
Puedo: buscar la manera de resolver mis problemas.
Encontrar a alguien que me ayude cuando lo necesito.
Controlarme cuando tengo ganas de hacer algo peligroso o que no esté bien.
Hablar de cosas que me inquietan o preocupan.
Defender mis ideas frente a lo que piensan los demás.
El desarrollo resiliente cuestiona los determinismos lineales y produce una fuerte
transformación de la subjetividad que logra convertir el daño en fortaleza y evitar que la herida devenga minusvalía a través de una capacidad universal propia de la condición humana: recrear e inventar.
Esto implica que las heridas existen y no pueden negarse a través de sobreadaptaciones con sesgo de optimismos superficiales u omnipotentes o ingenuas ideas de invulnerabilidad.
La experiencia clínica muestra que aún en condiciones muy adversas es posible que haya cambios significativos confiando en los potenciales salutogénicos. 
¿Es posible entonces para un psicoterapeuta pensar lo traumático teniendo en cuenta las posibilidades transformadoras, es decir lo que entendemos como desarrollos resilientes? Sí. Y en especial porque estos desarrollos en realidad corroboran muchos planteos teóricos y clínicos sobre el papel de los vínculos intersubjetivos, más allá de las diferencias entre las diferentes corrientes que lo sustentan.
Un ejemplo de ello es la frase de Pommier (2004) que cita Cyrulnik (2007): “ Una huella sensorial provocada por un acontecimiento exterior puede abrir una impronta sin recuerdo (inconsciente cognitivo) del mismo modo que un recuerdo puede permanecer inconsciente no cuando se lo olvida, sino cuando el sujeto no logra medir su dimensión (inconsciente psicoanalítico)”.
Se trata en realidad de dos grandes modos de funcionamiento psíquico, universales y coexistentes: el inconsciente reprimido-represor y sus representaciones y el inconsciente escindido y sus huellas activables y no evocables correspondientes a memorias implícitas.
Existen nociones y constructos de distintas fuentes teóricas –como mentalización/proceso terciario/plasticidad neuronal– que hoy en día presentan una sinergia conceptual fundamental no solo para comprender el desarrollo resiliente sino para trazar puentes entre el psicoanálisis y otras disciplinas afines.
Pero lo fundamental es que la heterogeneidad de los procesos inconscientes y su coexistencia, conllevan potenciales de creación de lo nuevo además de la clásica caracterización del funcionamiento repetitivo.
Y esos potenciales son pasibles de ser activados en un vínculo tan significativo como el vínculo transferencial donde se co-construyen relatos que transforman el posicionamiento subjetivo. De allí que clínicamente el papel del sostén adquiera mayor relevancia por su eficacia transformadora.
Se deben diferenciar las sobreadaptaciones y los desafíos omnipotentes, de las verdaderas transformaciones y cambios subjetivos.
Además la convicción acerca del valor de los vínculos en las historias traumáticas permite una integración natural con otros recursos formales e informales como los dipositivos familiares, grupales y comunitarios.

Se trata de comprender que no está todo ya escrito en el vínculo primario, que la suerte no está ya echada y que lo importante se revela en lo que Sartre señala como “lo que haremos con nosotros”, es decir nuestros potenciales evolutivos y nuestra capacidad de acción.  

La actitud investigadora e interdisciplinaria es la que permitiría  ver no solo el infierno del trauma sino el cielo del potencial creativo humano y así comprender las respuestas que  ya están. 

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