Este período, intermedio entre la niñez y la adultez, supone por la celeridad y la profundidad de los cambios producidos, orgánicos y psicológicos, una etapa de crisis. A esta edad el sentimiento de no sentirse ni niño ni adulto es lo predominante. Esta ambigüedad acerca de su rol no es solo observable en el adolescente, sino también en quienes lo rodean, que suelen limitarlo o sobreprotegerlo como a un niño y le exigen al mismo tiempo responsabilidad, autosuficiencia y seriedad de adulto.

Uno de los fenómenos centrales es una agudización de la conciencia de sí y una lucha por el logro de la independencia. El adolescente no solo es más consciente de sí mismo sino, que lo es también de su mundo. Surge una gran sensibilidad hacia los problemas sociales y se despierta el interés por la política. El adolescente tiene una aguda capacidad crítica, es profundamente idealista y cree en los valores absolutos. No obstante, su yo es el centro de interés: necesita ser reconocido y aceptado por los demás, necesita autoafirmarse y ser comprendido, cosa que el adolescente piensa que pocas veces sucede, en parte porque tampoco él llega a comprenderse totalmente.

Esta es una etapa de impulsos apasionados, de afectos intensos, de grandes alegrías y de momentos dolorosos, de temores y de incertidumbres. A estos temores se añaden el miedo a contraer el SIDA, el estar inmersos en el riesgo de la drogadicción, y la angustia ante un futuro incierto.

La emancipación y búsqueda de sí mismo es tal vez el aspecto central y más conflictivo de la adolescencia y el que plantea graves crisis tanto a los padres como a los hijos. Se trata de un punto de confluencia de crisis vitales. Los hijos pierden la niñez y los padres “pierden” a sus hijos.

Con frecuencia la necesidad de independencia y el deseo de autorrealización se manifiestan como choques y oposición frente al adulto. El adolescente necesita una nueva visión de sus padres, más desvalorizada y posiblemente más cercana a la realidad para poder emanciparse y buscar nuevos horizontes sin sentirse demasiado culpable ni demasiado desposeído.

Si los siguiera considerando casi perfectos, como lo fueron alguna vez durante su infancia, perdería demasiado al alejarse de ellos. Muchas veces debido a estos problemas y cambios se resiente la actividad y el rendimiento escolar. Si pensamos que en esta situación el adolescente busca (y debe) integrarse al mundo del estudio o del trabajo, buscar y hallar una pareja, ampliar sus relaciones humanas y decidir cual es el tipo de vida que le gustaría hacer, y cuales son las posibilidades para ello, podemos inferir porqué es este un período tan crítico.

A diferencia de lo que ocurría con sus padres, el adolescente actual se encuentra con un enorme mercado que le propone el consumo. La posmodernidad ha ubicado al adolescente en el lugar del ideal social. Entrar en la adolescencia y no salir más de ella puede ser la aspiración colectiva. En este marco cultural, de valores inestables y mensajes deliberadamente contradictorios elaboran los adolescentes su crisis.

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