Primero necesitamos una definición, ¿qué es CRISIS? es “un estado temporal de trastorno y desorganización, caracterizado principalmente, por la incapacidad del individuo para abordar situaciones particulares utilizando métodos acostumbrados para la solución de problemas, y por el potencial para obtener un resultado radicalmente positivo o negativo”. (Slaikeu, 1988).

“Una crisis psicológica ocurre cuando un evento traumático desborda excesivamente la capacidad de una persona de manejarse en su modo usual” (Benveniste, 2000).

Período transicional que representa tanto una oportunidad para el desarrollo de la personalidad, como el peligro de una mayor vulnerabilidad al trastorno mental cuyo desenlace depende entre otras cosas, de la forma en que se maneje la situación.” (Caplan, 1964).

Etimológicamente, viene de crisis en latín y de krisis en griego y significa cambio considerable y súbito, favorable o adverso, momento culminante o decisivo de un proceso. Tendemos a asociar el concepto de crisis al de dificultad insalvable. Con frecuencia consideramos las situaciones críticas poniendo el acento en lo que quedó, en lo que fue el estado previo y no en lo que viene, en lo que nace, justamente a partir de la crisis.

La persona está siguiendo una trayectoria vital, en donde se van sucediendo situaciones cambiantes más o menos placenteras o estresantes pero en la que se siente en equilibrio, con la capacidad y los recursos suficientes para manejarlas. Existe un funcionamiento razonablemente satisfactorio, con un determinado nivel de calidad de vida.
Inesperadamente se produce un quiebre brusco en esta trayectoria, y este equilibrio se pierde.

Una situación aparentemente estable, entra en estado de turbulencia, se rompe el orden previo, lo que antes nos servía para explicarla y resolverla resulta ineficaz, y a la vez, las nuevas alternativas nos llenan de temor y desconfianza. Estamos en crisis.

Naturalmente, las crisis se superan de manera diferente según sea lo que está en juego, la estructura de personalidad, la edad, las circunstancias del entorno y sobre todo el matiz emocional que cada uno le otorga a cada acontecimiento.

Veamos un ejemplo: una mudanza puede producir alegría si se trata de un cambio esperado, puede sumergir en la tristeza a un niño que se ve alejado de sus amigos del barrio, puede desestructurar a un psicótico o puede deprimir profundamente a un anciano que súbitamente se ve alejado de sus marcos referenciales al perder la conexión concreta con su pasado a través de los lugares y objetos conocidos.

Las crisis no tienen signo. Una persona de escasos recursos que recibe por azar una fortuna, a pesar de lo feliz de la situación, puede entrar en crisis si se resignifican sus valores, accede a un mundo que le es ajeno y lo invaden temores vinculados a la administración de su dinero o a ser robado.

El nacimiento de un hijo, cuando ha sido deseado y es producto del amor, es una de las circunstancias que pueden llevar al sentimiento más pleno de felicidad. No obstante, la vida de la pareja se conmueve con la llegada del hijo. Los horarios se alteran, las rutinas cambian, aparecen nuevas prioridades. Un antes y un después quedan inscriptos para siempre en la vida de cada uno. Es necesario que se pongan en marcha recursos adaptativos a la nueva situación y si estos fracasan, sobreviene la patología familiar.

En próximos post, haré algunas puntualizaciones sobre las crisis vitales, a saber, crisis del nacimiento e infancia, de la pubertad y adolescencia, de la juventud, de la edad media de la vida y de la tercera edad.

Deja un comentario